Carlitos se ha afeitado, que es día grande y para salir en la foto del acceso a las semifinales hay que salir guapo, bien acicalado. Y de guapura sabe un rato Stefanos Tsitsipas, proporciones griegas (en sentido estricto) y generador de suspiros, aquí y allá, desquiciado en este episodio parisino en el que apenas ha empezado el segundo set y ya jura en arameo mientras su padre, Apostolos, transmite en el banquillo tanto nerviosismo o más que el hijo, agobiado y desbordado en la arena, sobrepasado por la impecable demostración del cohete. Allá que va Alcaraz, sin freno, serio, constante, cortante, inspirado otra vez. Redondo, dicta el pueblo: 6-3, 7-6(3) y 6-4, tras 2h 29m. Ha adquirido velocidad de crucero el murciano y sin comerlo ni beberlo y pese a todo, a esta primavera puñetera que no le había dejado coger vuelo hasta el aterrizaje en París y que dispara los estornudos en la grada por la cercanía del Bosque de Bolonia y las alergias, ya está ahí, chispeante, creciente y cada vez más sonriente, arrollador hacia la penúltima ronda de este Roland Garros en el que Novak Djokovic ya es, oficialmente, un caído en combate.
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