Carolina Marín gana el premio Princesa de Asturias de los Deportes | Deportes

Si hay una palabra que define a Carolina Marín (Huelva, 31 años el próximo mes de junio), premiada este miércoles con el Premio Princesa de Asturias de los Deportes, es resiliencia. No sólo por lo que hace en la pista —es campeona olímpica de un deporte, el bádminton, cuya cuna es Asia y que ella ha puesto en el mapa europeo—, sino y sobre todo por lo que ha hecho fuera. Se marchó siendo una adolescente de su tierra para recalar en el CAR (Centro de Alto Rendimiento) de Madrid porque se enganchó a raqueta y volante tras acompañar a una amiga a clase. Dejó el flamenco y decidió dedicarse al bádminton en un país sin tradición y donde, además, los deportes minoritarios despiertan atención y admiración dos semanas cada cuatro años (durante los Juegos Olímpicos). Marín se puso en manos de Fernando Rivas, su técnico. Trabajó a destajo, en silencio, lejos de los focos. Llegó a la cima con 21 años, en 2014, cuando ganó su primer título mundial. Llegaron dos más (2015 y 2018), además del oro olímpico en los Juegos de Río 2016, y siete oros europeos, el último, en Alemania, hace pocas semanas. Lo celebró junto a su equipo con una barbacoa organizada en casa de su técnico.

“Caro necesitaba ese oro, la celebración, la fiesta, que la arropáramos todos después de todo lo que ha pasado estos años”, contaban en su equipo, su segundo familia. Lo que le ha pasado en los últimos cinco años explica por qué resiliencia es la palabra que mejor la define: rotura del ligamento cruzado de la rodilla derecha en Indonesia en enero de 2019, quirófano, entrenamientos a la pata coja, carrera contrarreloj para recuperarse, remontar posiciones en el ranking e intentar clasificarse para los Juegos de Tokio. En febrero de 2020 su padre sufrió un grave accidente de trabajo y falleció cinco meses después. Cuando ella acababa de reencontrarse a sí misma en la pista y a jugar como nunca, su rodilla cedió. Fue en mayo de 2021, a tres meses de los Juegos de Tokio. Se rompió el ligamento cruzado de la rodilla izquierda, el menisco interno y el externo. Fin al sueño olímpico.

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Ese golpe hubiera tumbado ya no solo a cualquiera, sino a cualquier deportista de élite. Y, sin embargo, Marín está, otra vez de pie, con 31 años por cumplir a mediados de junio y clasificada para los Juegos Olímpicos de París 2024 y en las quinielas para hacerse con su segunda medalla olímpica. “Si Caro no se rompió también por dentro, si fue capaz de reconducir la situación y superar el enésimo obstáculo, fue por su fortaleza mental. Por su talento abrumador para la superación y de forma natural. Los psicólogos tenemos unos protocolos de cómo funcionan ciertos procesos, los voy preparando y cuando te quieres dar cuenta, ella va dos pasos por delante a veces. Es increíble”, explicaba a este periódico María Martínez, la psicóloga con la que trabaja la deportista española. Fernando Rivas, su entrenador, repetía una frase sin parar, cuando ocurrió esa segunda lesión: “Esto es demasiado duro, incluso para alguien como Carol. Cuando una deportista como ella se lesiona ya es devastador, pero en este caso además fue muy, muy cruel. A un mes y medio de los Juegos, entrenando como estaba entrenando, con estrategias muy complejas que acababa de hacer suyas”. Esa vez, el proceso de recuperación fue diferente, nada de coger la raqueta a la semana. En el equipo decidieron no utilizar la palabra entrenar, sino “recuperar” y “rehabilitar”.

Descubrió que había vida más allá del bádminton, que podía, en esos primeros meses, compaginarla con la rehabilitación. Y se le iluminaba la cara al recordarlo un tiempo después. “Me fui un fin de semana de camping en la sierra, otro a Ibiza y otro a Denia a casa de una amiga. ¡No te imaginas lo que es! Es disfrutar de cosas que no tienes tiempo para hacer nunca”. Porque la exigencia del calendario, del deporte de élite, de los entrenamientos… Dice Marín: “Resiliencia es una palabra que tengo tatuada en el cuerpo, aparte de que me define. He tenido muchos cambios en mi vida y me he adaptado a todos y me sigo adaptando”.

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En ese largo proceso de adaptación y de recuperación física y emocional, ha salido un lado de Marín que pocos conocían porque ella siempre se había encargado de mantener oculto: la fragilidad. ¿Quién ha dicho que los deportistas de élite son máquinas que no pueden permitirse romperse? “No soy un robot, yo también tengo miedo”, contaba en una entrevista a este periódico. Confesó también, tiempo después, que la segunda lesión la sumió en la oscuridad, que lo quiso dejar y que lo que la sacó del agujero negro era la lucecita de los Juegos de París. Y su resiliencia y capacidad de adaptación. Lo mismo que ha conquistado al jurado de los Premios Princesa de Asturias de los Deportes.

Como dice Rivas, su técnico, harán falta “mil años” para que España vuelva a tener a otra Carolina Marín. Lo que, tantos años después de trabajar con ella, sigue resaltando es “la capacidad que tiene de reconectar, de reponerse de un partido malo”.

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