La foto de aitite | Fútbol | Deportes

Tengo cuarenta y ocho años y llevo casi treinta estudiando y trabajando en Bilbao. Sin embargo, durante mis días de rutina, de camino a la oficina o a una reunión, a veces observo las fachadas de los edificios y de pronto me resultan ajenos y siento como si todo lo que me rodea formara parte de un atrezzo heredado, como los muebles de una casa familiar. Es una sensación parecida a la que podemos sentir los primeros días tras una mudanza a un nuevo piso, espacio ambivalente que es tuyo y extraño al tiempo, solo que yo llevo toda una vida pateando estas calles.

Sé cuál es la razón. Por muchas vivencias que aquí acumule, por mucho que aquí me suceda, a mis ojos Bilbao siempre será la ciudad de aitite, mi abuelo materno. Yo vivía en un pueblo y fue con él con quien pisé de niño por primera vez estas baldosas de cuatro pétalos. Con él recorrí la Gran Vía y las Siete Calles, con él entré por primera vez en bares y cafeterías, acudí a misa en Begoña y, por supuesto, fui a San Mamés. Y porque muchas de esas primeras veces en esta ciudad tuvieron como excusa el fútbol, en lo relativo al Athletic Club me sucede lo mismo: para mí, el Athletic es aitite.

Aitite era la persona que más quería en el mundo. A mis ojos, la personalización de todo lo bueno. Murió en septiembre de 1990, de pronto, sin previo aviso, de un día para otro. Ha pasado tanto tiempo que sería difícil encontrar algo en común entre el niño de quince años que era cuando él nos dejó y quien soy hoy. Sin embargo, aún le echo de menos, cada día. Aún le lloro. Y, a veces, cuando no sé si estoy actuando bien o mal, intento imaginar qué me diría él, si estaría o no orgulloso de mí.

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Esta historia ya la he contado otras veces: mi madre, que es artista, pintó un retrato de él que comenzó el día siguiente a su fallecimiento. Se trata de un óleo sobre lienzo que ha estado colgado en el salón de la casa de amama, la casa familiar, desde aquel triste año. Uno de los recuerdos que más me conmueven es el de llegar a casa de vuelta del instituto y encontrarme a mamá pintando con los ojos inundados de lágrimas mientras escucha el Adagio de Albinoni. Aún hoy soy incapaz de oír esa melodía sin sentir dolor en el pecho.

Para pintar el cuadro, mamá se basó en una foto de aitite que fijó a la pared del estudio con chinchetas. Y ahí se quedó durante más de tres décadas en las que, poco a poco, la luz fue comiéndose los colores y decolorando la imagen de mi abuelo, que quedó borrosa como sucede también con el recuerdo de las personas que nos dejaron. Una tarde de hace un par de años en la que mamá me enseñaba uno de sus últimos dibujos, señalé a la pared y le pregunté si me regalaba esa foto. Le expliqué que me hacía ilusión tenerla, pues gracias a su retrato es esa imagen de aitite la que ha prevalecido en mí sobre todas las demás. Cuando fui a descolgarla de la pared, me quedé de piedra. La fotografía estaba doblada por la mitad. Una parte había permanecido oculta, orientada hacia la pared durante más de treinta años. Y resultó que ahí, nítido, pues su imagen había estado protegida de la luz del sol, posando junto a mi abuelo, estaba José Ángel Iribar.

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Fue una señal. Aquella tarde, al ver la foto completa, sentí que se probaba algo que ya sabía: de alguna manera aitite seguía estando aquí, encarnado en el Athletic Club, en Iribar, en los valores que representa.

En estas semanas en las que Bilbao ebulle con la posibilidad de que salgamos todos a la calle a ver la Gabarra surcar la ría de nuevo, la presencia de aitite se ha intensificado. No hay un día en el que no le sienta: al cruzar cualquier esquina, al ver las banderas rojiblancas en los balcones, al pasar bajo la ventana del que fuera su despacho en los Jardines de Albia, al observar con nostalgia la explanada donde se ubicaba el antiguo San Mamés. Le echo mucho de menos. Pero tenerle presente en el recuerdo y en la vocación de convertirme en alguien de quien se sintiera orgulloso me hace sentir mejor y da sentido a mi rutina.

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