El Real Madrid liquida al Barcelona y se proclama campeón de la Copa del Rey | Baloncesto | Deportes

A este Madrid no hay quien le discuta, equipo que ha hecho de la victoria una rutina y que ya no presume de músculo por liderar la ACB o la Euroliga, sino que ya lo hace de palmarés para explicar que es el auténtico y único Rey de Copas, que la corona no se comparte ni es bicefálica. Contabiliza 29 laureles (en 52 finales) por los 27 de los azulgrana (de 39) y aclara que la historia está de su lado. También el baloncesto, equipo coral como pocos donde el brillo se comparte porque Campazzo es el genial director de una orquesta donde Musa y Hezonja castigan desde el perímetro, donde Deck y Yabusele lo hacen con sus penetraciones o lanzamientos de media distancia, y donde Tavares lo hace bajo el aro. Aunque en el Martín Carpena lo hizo también Poirier, un gigante con la pelota entre las manos. Un cóctel de campeonato.

Como si perder el salto inicial se le hubiese indigestado de mala manera, Tavares levantó los brazos al cielo para cerrar su canasta, para poner tres tapones gloriosos —a Kalinic, Da Silva y Hernángomez— que dejaban al Barça aturdido, al punto de que después de la canasta inicial de Parker encajó un parcial de 9 a 0, manos de mantequilla y pérdidas de balones al canto. Pedía la pelota Musa, que parecía tener una de esas noches en la que el aro se agranda a cada lanzamiento suyo, y le seguía el paso Campazzo, que tanto le daba expresarse con penetraciones a canasta que con triples, jugador que siempre responde cuando se le reclama. El Madrid, disfrutón, se relamía al tiempo que desde la grada se entonaba el afamado ¡Así, así, así gana el Madrid!, molestos los culés porque pitaban personales a los suyos a cada ocasión que hacían contacto con Tavares. Pero este Barça es de lo que no hay, ahora mal, mañana bien, pasado no lo sé. Y Satoransky, que hasta el momento había hecho una Copa para olvidar, levantó la voz. Y los ánimos para los azulgrana. Ninguno, en cualquier caso, como Parker, que de la noche a la mañana se ha convertido en la luz que alumbra el camino del Barça, en el jugador que no tirita ni a la de tres, ese que a cada canasta el público le regala los oídos con “¡MVP, MVP!”. Porque esa aparente desgana que muestra, ese no saber si está en una barbacoa en Texas o en la final de la Copa, ese correr apesadumbrado, es el truco del feriante. Porque Parker estaba y quería el protagonismo, también la bola entre las manos. Una bandeja, una canasta a aro pasado y el testigo para Laprovittola, que se las tenía –amistad y rivalidad histórica la suya por eso de compartir la selección argentina– de todos los colores con Campazzo. Y con dos triples suyos bastaron para cerrar el prólogo en tablas (19-19).

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Aceptó el Madrid jugar al baloncesto de correcalles, el que va al sprint y no encuentra la pausa, el de idas y venidas. Cosa que le favorecía al Barça, cómodo con el libre albedrío porque Grimau entiende que con libertad sobre el parquet aflora el talento. Y ahí apareció Jokubaitis, también, claro, Parker. Y hasta Parra, que metió un triple previo topetazo. Pedía entonces Chus Mateo cabeza desde el banquillo, rebajar un poco las pulsaciones. Pero jugar con el fast forward, sin embargo, tampoco resultó un problema para el Madrid cuando pisó la cancha Hezonja, que es un fusil de repetición, que emboca desde cualquier posición, que gusta de correr para parar en seco y elevarse sobre los rivales para escuchar el siempre deseado chof. Sus 12 puntos en el cuarto, bien acompañado por el goteo incesante de Campazzo y, sobre todo, por la cantidad de rebotes ofensivos, volvió a equilibrar la balanza. Hasta que Kalinic decidió lo contrario con un triple sobre la bocina, 43-45 al entreacto.

La batalla por la supremacía, aunque sí iba a ser cosa de una sola noche, no sería coser y cantar para nadie. Y se masticaba la tensión, la electricidad, la arraigada enemistad entre los equipos, reverberada por Rudy Fernández y Satoransky, que se encararon sin mayores antes de irse al vestuario. Sigan, sigan, esto es baloncesto y del bueno.

Tocaba el momento de arrebato de Vesely, un checo de sangre caliente. Si bien había quedado desdibujado por Tavares hasta el momento, entendió que un paso para atrás de la botella eran tres para delante del equipo, pues a la que sacaba al pívot blanco de su zona de influencia ganaba enteros. Y más con su muñeca para esos lanzamientos desde media distancia. Ocho puntos que, sin embargo, no pasaron de una caricia para el Madrid, que se refugió en Deck, otro jugador que se crece en los momentos calientes, que a mayor reto, mejor respuesta. Porque cuando Deck entra a canasta lo hace con todo. Y, sobre todo, con acierto. También un Poirier que ganaba la batalla en el poste bajo. Raquetazos a cada lado de la red que, aliñados por los lanzamientos fallados en la línea de tiros libres de los azulgrana —siete de 13 el Barça por 21 de 24 el Madrid en el partido—, provocaba la alternancia en el marcador, que hacía alcanzar el último acto (66-63) con todas las incógnitas por descubrir.

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Ocurrió que en el momento de la verdad llegó el carácter blanco, el del equipo que se sabe el mejor, que no conoce otra cosa que no sea ganar. Así que al triple de Brizuela —buena progresión la suya como azulgrana— el Madrid replicó con tres lanzamientos desde el extrarradio que absorbió la red. Uno de Deck y otros dos de Yabusele (77-68), la máxima diferencia del encuentro. Y sanseacabó.

Trató el Barça de meter un marcha más en intensidad y se le castigó con personales. “Así no se puede jugar”, se quejaba Laprovittola al colegiado instantes previos a que Vesely fuera eliminado por acumulación de faltas. Jauja para Poirier, que volvió a gobernar bajo los tableros, que sacó músculo y muñeca, que se zampó a Hernángomez y certificó el triunfo del Madrid. El que dice que a Copas nadie le gana. Ni le empata.

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