La cueva del dolor de Courtney Dauwalter | Deportes

Courtney Dauwalter se consagró a principios de septiembre en los 171 kilómetros del Ultra Trail del Mont Blanc como la mejor ultrafondista de la historia. No solo por ganar en Chamonix el santo grial de la disciplina por tercera vez, sino por completar una triple corona sin precedentes junto a las 100 millas de la Western States y las Hardrock. Todo en apenas dos meses. Es su cueva del dolor, el hedonismo de alguien que necesita obstáculos para existir. “Esto es lo que me enciende. Mi esperanza es que todo el mundo lo encuentre. No creo que tengamos que pensar en el porqué, sino inspirarnos unos a otros. Ir con todo”.

Tras dominar con puño de hierro el UTMB, sus últimas horas –tardó más de 23– fueron agónicas, asegurando los apoyos en las bajadas hasta el punto de ir andando. “Fue realmente duro. En la segunda parte de la carrera había vaciado todo el poder de mis piernas. Estaba en lo más profundo de mi cueva del dolor, confiando en el aspecto mental, pero por mucho que me empeñara, no se transformaba en energía. Era lo que me quedaba después de un gran verano y tuve la suerte de volver a Chamonix”. Fue el precio por su hazaña. “Era inevitable que llegara al final de mis reservas, nunca había pedido tanto a mi cuerpo ni a mi mente. Sabía que llegaría a ese momento en el que no me quedara nada, pero no sabía cuándo”. Su defensa fue estar lo más fresca posible de cabeza y no sentirse frustrada. “Vale, busca la manera de seguir moviendo los pies para llegar a meta”, se decía a sí misma.

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Mientras otros corredores aún seguían en la montaña, ella presumía de haber vuelto de una pieza más que de la victoria. “Quería saber qué se sentía tras hacer estas tres carreras. Ha sido una locura; nada más acabar una estábamos preparando la siguiente. Espero que en los próximos meses pueda repasar cada carrera y celebrar un gran verano”. Celebrar significa “mucho descanso” y “probablemente unas cervezas”, un lujo del que no pudo disfrutar tras el UTMB porque su estómago no le dio tregua. Se lo tomará con calma para empezar 2024 con las pilas cargadas. “Me siento destrozada, no tengo ningún deseo de hacer cosas difíciles”.

Courtney Dauwalter a su llegada a meta.
Courtney Dauwalter a su llegada a meta. Paul Brechu / UTBM

No todas las odiseas de Courtney, de 38 años, terminaron bien. Tuvo que ser hospitalizada por una bronquitis cuando intentaba correr 800 kilómetros en Colorado. Pero el espíritu que forjó con su primera maratón en asfalto es inquebrantable. “Mi motivación por correr nunca es por un puesto o por un tiempo, sino por descubrir lo que es posible. Mi participación en estas carreras está motivada al cien por cien por la curiosidad. ¿De qué somos capaces? ¿Qué podemos hacer los humanos? Quiero poner esto a prueba todo lo posible. Nuestros cuerpos y mentes son increíbles, cuando los juntamos para una causa es muy guay lo que descubrimos”.

Su historia ha derribado muchas barreras de la mujer en la ultradistancia, con puestos de honor en clasificaciones generales como su séptimo lugar en el UTMB del año pasado, uno de tantos en grandes carreras como las grandes de EE UU o Transgrancanaria. Algo que la élite masculina ha recibido con admiración. “La comunidad del ultra running es muy cercana. Da igual al lado de quién corra, siempre nos apoyamos unos a otros. Quiero lo mejor para ellos porque sé que ellos quieren lo mismo para mí. Me dan igual los resultados, compito como humana”.

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Su historia es un vehículo poderoso para llevar a más mujeres a esa cueva del dolor. “Espero poder ayudar, que vean que pueden enfrentarse a algo que suena muy duro. Si podemos tener a más mujeres en este deporte, sería increíble”. No tiene la respuesta a por qué no hay más, pero promete seguir intentándolo. “Quizás que haya pantalones largos puede ayudar a algunas mujeres a sentirse más cómodas a salir a la montaña si eso era lo que les mantiene alejadas”.

El ambiente que vivió en su vuelta a la manzana del Mont Blanc es una de sus recompensas. “Tienes dos caras. Esos pueblos en los que la gente grita como loca, dándote toda su eléctrica energía, y estar allí en las montañas por ti misma, con tu frontal, solamente tú, con tu respiración y tus pisadas”.

Su equilibrio para un deporte muy mental: usar esa energía de los avituallamientos en la soledad de la madrugada. El mejor ejemplo, Notre Dame de la Gorge, a las puertas de la oscuridad. “Es un lugar de locos, y de repente te diriges a tierra de nadie. La noche era tan silenciosa, la luna casi estaba llena… Es como una gran aventura y, a la vez, estás en una fiesta”. Sus ojos están recreando esa escena. Por un momento, viaja a otra dimensión y transmite una felicidad apabullante pese a mantenerse a duras penas en pie. “Todos podemos esperar más de nosotros mismos. ¿Por qué no intentarlo?”

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